os recuerdos que atesoro de Belén Helena brotan como un infinito manantial  de sentimientos encontrados. Ella cambió el curso de mi vida y constituyó un soporte en mi día a día, avivado por el fuego de nuestra pasión. Esa compañera destinada a dar sentido a mi ser, colmó con una indescriptible felicidad mis días. Acudo con nostalgia una vez más a su recuerdo que es mi consuelo para no sucumbir en mi tormentoso desvelo. Una visión compartida de dos seres, de  un  eterno sentimiento, de una absoluta admiración y de un destino en común.
En lo más recóndito de mi memoria evoco la magnética y espléndida visión de Belén, es el retrato más preciado que aún conservo de aquel ser tan impactante y auténtico al cual ame  profundamente y dignifiqué llamándola... Madame Herrera. Esa niña que vi nacer y convertirse  en mujer, digna de todo tipo de halagos y galanteos propios de la época colonial, despertó en mi el mayor interés,  logrando con ello captar una absoluta  atención, sin perder con ello  un sólo detalle de su magnificencia, su donaire, su eterna afición de estar siempre impecablemente vestida. Emanaba de ella a borbotones esa personalidad avasallante y distinguida, con la finalidad de destacar particularmente su femineidad, inmersa en una sociedad desacostumbrada a reconocer en sus maneras de ser la vanidad que por derecho posee toda mujer.
Para este ejercicio de reflexión evoco aquellos tiempos coloniales en unión con él sortilegio de su espíritu, éste me remonta a esa ciudad lúgubre, solitaria y  desprovista de frondosa vegetación, conocida con el nombre de La Guaira, especie de isla rocallosa que por excelencia sirvió de puerto a exóticos navíos nacionales y extranjeros que bailoteaban inmersos en sus aguas.