| En lo más recóndito
de mi memoria evoco la magnética y espléndida visión
de Belén, es el retrato más preciado que aún conservo
de aquel ser tan impactante y auténtico al cual ame profundamente
y dignifiqué llamándola... Madame Herrera. Esa niña
que vi nacer y convertirse en mujer, digna de todo tipo de halagos
y galanteos propios de la época colonial, despertó en mi
el mayor interés, logrando con ello captar una absoluta
atención, sin perder con ello un sólo detalle de su
magnificencia, su donaire, su eterna afición de estar siempre impecablemente
vestida. Emanaba de ella a borbotones esa personalidad avasallante y distinguida,
con la finalidad de destacar particularmente su femineidad, inmersa en
una sociedad desacostumbrada a reconocer en sus maneras de ser la vanidad
que por derecho posee toda mujer. |